
El verde reflejo de sus ojos me lleva de nuevo a la pradera de mi infancia. Aun con la edad que tengo, me sentí como una niña. Al verle note como su mirada escruñia mi interior, hasta el mas oculto rincón dentro de mi. ¿Cuanto tiempo llevaba buscandolo? Habían pasado unos días, pero al reflexionar, me di cuenta que le había dedicado años, quizás toda mi vida. Si, creo que desde tiempos añorados me lo imagine a mi lado, en las tardes lluviosas de un otoño olvidado o en las calurosas montañas de un alegre verano, siempre a mi lado, llenandome de vida y de felicidad. ¿Cuanto tiempo perdí imaginandome su encuentro? Imaginando cada paso que el destino dispuso para al fin saborear su encanto, su picardía. Quien diría que fuese el, el que me encontraría. Una palabra basto para caer en sus deseos. Deseos que serian míos también. Su ser me impulsaba al vacío, cada segundo de su cortejo alimentaba mis ansias, mis antojos, mis mas oscuros caprichos. Crecía dentro de mi una lujuria inmesurable, una impaciencia al momento de su encuentro, de sus besos, de sus caricias. En la época de la cordura acudía a la imaginación como una amiga, como un intento de mirar de forma clara a este mundo deforme, ahora me traiciona, la alimenta el instinto y no la razón. De nuevo, con solo un roce de sus labios, el mundo a mi alrededor se vuelve amargo, triste. Solo el puede darle dulzura y color de nuevo. En cada oportunidad, entre sabanas desenfrenadas, podía apreciar mi tesoro, un cuerpo hermoso. Desde sus delicados y finos labios, surcando hacia unos hombros anchos que se extienden sobre una espalda, fuerte y serena. Sus caderas afiladas eran los acantilados de mi perdición. Acariciar estos alpes privados era mi mas grande delicia, pero fijarme en como cada roce de mis dedos lo hacia suspirar y temblar, llenaba de ansias a mi cuerpo aun mas. Su respuesta hacia mis delicados movimientos fue una venganza de placer inmaculado. Sus dedos flotando lentamente sobre mi vientre, rodeando mi ombligo, explorando las extremidades de mi cintura, surcando los bajos prohibidos tentadoramente hasta elevarse nuevamente sobre mis pechos me llenaba de gozo, y con una respiración profusa, temblaba al sentir su toque en ambas puntas de mi feminidad, cada curva, vuelta, oscilación que elaboraba, elevaba mi ser a puntos que creía inimaginables. Tomaba mi cuerpo como su propiedad, un reino en donde podía proclamar lo que sus oscuros instintos le susurraban. El yacía sobre mi, besando delicadamente mi cuello, restregando su cuerpo ligeramente sobre el mío. Ya no había vuelta atrás, ya no podía contener mi ansias por el placer. Sus manos se deslizaron mas haya de mi vientre, entre mis piernas, acariciando mi sexo apasionadamente. Casi no podía contener mi voz, entre gemidos y gritos trataba de mantener la poca cordura que me quedaba. Entre mis genitales húmedos y su dulce lengua ya no cabía mas antelación. Con firmeza coloco dentro de mi su masculinidad, dejandome sin aliento y con las piernas errantes. Luego de aquello, el tiempo y el espacio parecían desaparecer, el cuarto, la cama, hasta las lujosas sabanas de seda imperial se volvían polvo ante desmedida locura. Mi cabeza permanecía inherente, no recuerdo cuanto tiempo paso, cuantos orgasmos me otorgo, o de cuantos ángulos me penetro, solo se que no podía parar. Sus brazos me mantenían atada a el y conforme pasaba el tiempo todo a mi alrededor carecía de sentido e importancia. Lo que era una bella habitación, con suelo de caoba y paredes con bellas decoraciones se tornaba en un oscuro y mugriento gris. La cama tan cómoda como lujosa, parecía una simple colchoneta con suela de concreto, y sus brazos, indeseosos de soltarme, formaban una especie de camisa de fuerza inhumana. El placer se disolvía ante mis sentidos y no quedaba nada, mis gemidos se convirtieron en gritos de furia y desolación. Solo sentí un pinchazo cerca de mi antebrazo y luego de eso, el verde reflejo de sus ojos me lleva de nuevo a la pradera de mi infancia.
Escrito por: Tito Urbano