Lo primero que viene a la mente es la asimilación de la realidad, de que de verdad algo está sucediendo, algo distinto a todo lo demás, algo que se anuncia desde hace tiempo pero se desea olvidar. Nuestro instinto lo siente, lo predica, nos da cada ángulo de posibilidad del destino ya preestablecido, pero lo ignoramos, ciegos ante el brillo incandescente de una supuesta e inquebrantable verdad. Ya es demasiado tarde, la negrura y el espesor llenan nuestra alma y la corrompen. El cuerpo y la mente luchan contra esta corrupción que es alimentada por el miedo y la incertidumbre. Todo se deshace, todo lo que antes era palpable, visible y real desaparece ante esta nueva realidad argumentada. Nada parece tener sentido, los caminos pasados ya no conducen al mismo destino, las viejas ideas no proclaman las siempre eternas providencias, el ser que llenaba de vida a este cuerpo desquiciado, se ha perdido en sí mismo, fundando mientras se aleja, las bases paradójicas hermanas de la locura. La imparcialidad reina en un paraje de fría indiferencia, el aullido de los canticos del infierno y las melodías seductoras provenientes de los cielos suenan con exactitud en estas jóvenes tierras. Muchas palabras buscan el calor y el fuego que huyó de mi despavorida alma y solo se encuentran con las cenizas de lo que antes era un incendio imparable. El tiempo yace detenido en nuestro interior y lo único que nos queda de comunicación con el mundo exterior, son las lágrimas de augurio de nuestro dolor.
Escrito por: Tito Urbano